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| Vista de San Antonio - Cali, Colombia - Foto: Marcela Ayala |
Sol. Grandes palmeras verde esmeralda adornando los caminos de la caña de azúcar. Una tarde hermosa que despliega desde el cielo el movimiento del atardecer caleño. No tan obvio, huele a dulce y se sienten entre la velocidad de las grandes camionetas los pregones de la salsa. Nada raro, la tradición es evidente. Azúcar, salsa, marimba y mulataje. Río Cali. Tres cruces. Cristo Rey. La 14. Las primeras vistas de Cali antojan de alegría. Adios zapatos y medias, adios chaquetas y bufandas, adios frío bogotano. Sandalias, hombros descubiertos, vestidos coloridos. Cuerpo erguido.
Ya dejo de ser el narrador, ahora soy una transeúnte, protagonista de la ciudad. Al menos por unos días. Retumba por dentro el deseo de bailar, de caminar bailando, de recorrer la ciudad, olerla y sentir en los brazos las brisas de Cali -o los vientos del Pacífico-. Mi cuerpo exige un contoneo negro, la fuerza más ávida de mis ancestros hace que mis piernas se muevan diferente, como estallando desde los huesos un grito de libertad. San Antonio. Me estremece lo antiguo, como una extensión de La Candelaria bogotana -o al revés-. Me estremece algo más. Una conexión con las calles, con su frescura y las sonrisas escuetas de la gente. Caicedo murmura al cruzar los puentes peatonales de la quinta. Algo me dice su fantasma sobre la salsa. Mayolo, frenético valluno que comparte conmigo a través de los ojos de los habitantes, sus excéntricos personajes. Enrique Buenaventura advierte entre la penumbra de los grandes puentes, la necesidad de reproducir una memoria feliz. ¿Y los vivos? Esos están conmigo. Viajaron conmigo. Están bailando el swing del jazz y la salsa entre los bares underground de esta tierra, mi tierra y las otras. Sintiendo la vibración de estos fantasmas en los sonidos. Un poquito de la Cali que conozco desde "la nevera", la goza Punto Baré. Jaime Henao sobreviviendo con la memoria de unos monstruosos artistas. Los que evoca toda Cali. Los que hacen que temblemos los vivos y los recién muertos. Los que hacen que soñemos desgarrados y nos sintamos artistas. Ahí está un pedacito del Valle del Cauca con su pedacito de Cauca, con su Pance y su otro Río. Qué Chuleta, qué tapao, qué marranitas. Sabores que se endulzan con el manjar y el cholao. No sabemos quienes somos en Cali, o tal vez, allí lo sabemos todo. Una fuerza placentera, atravesada y "perjudicial" para la postura social y tradicional de Colombia. Un poquito más de verdad. Se alborota el corazón con las nuevas fusiones y las recientes expresiones de la Marimba. Anita Hernández. Longeva y contemporánea. Fusión perfecta de una narrativa Valluna. Alegre y dolida. Rica y pobre. Colombiana.
Alrededor, Palmira, Pradera, Dagua, Buenaventura, Puerto Tejada, Buga, San Cipriano y todos los demás. Rutas de agua. Paisajes hermosos que vigilan los cuerpos con mucho temor. Los desaparecidos. Los diputados. El Cartel. Agua Dulce. El oro. Y entre todo este batido, una nueva y vieja Cali. La que omite los noventa. Me enamora. Me enamora la esperanza dulce que vuelve a contar historias, al ritmo de la salsa.
Luz Marcela Carolina Ayala Lizarazo
Bogotá, 27 de abril de 2015
